domingo, 2 de marzo de 2014

Me gusta, no me gusta

Me gusta levantarme temprano. Odio tener que levantarme temprano. Me gusta el azul eléctrico de las mañanas, pero también el aire frío de la media noche. No me gusta el calor, las pantalonetas, las guayaberas, ni los vallenatos. Me gusta el frío y la ropa de invierno. Me gustan los mapas, sobre todo si en ellos está el extremo oriental del Mediterráneo donde está Beirut,  Jerusalén y la ruta del transbordador que va desde Rodas en Grecia hasta Limassol en Chipre.

Me gusta mucho el amor, porque lo conozco muy poco. Me gustan mis amigos. Mis amigas. Leer. Beber solo. Beber con mis amigos. Beber con mis amigas. Porque si uno siempre está solo se vuelve un ogro caprichoso, pero si siempre está acompañado termina siendo un pendejo. Pero lo cierto es que la mayoría de ustedes le tiene miedo a la soledad. Tienen terror de estar con ustedes mismos. Es una pena que se  aburran en su compañía. A mí, por no menos no me pasa. Con la persona que más me entretengo es conmigo mismo.

No me gustan los libros de superación personal. Me gusta Óscar Wilde. Me gusta su dandismo, su ironía, su humor. No me gusta su homosexualidad. Me gustan sus aforismos: “Los hombres siempre se empeñan en ser el primer amor de una mujer. Las mujeres prefieren ser la última novela de un hombre.” Y hablando de aforismos, por eso me gusta el Twitter. “El problema del mundo es que la gente inteligente está llena de dudas, mientras que los estúpidos llenos de confianza.” Bukowsky. “El café de tus ojos me latte”. Y este otro “No existe nada más erótico que la inteligencia.”

Me gustan los tenis Converse. Me gusta la música de Franz Ferninand, y me gusta mucho más la pinta que llevan, con trajes ajustados y zapatillas puntudas. Me gustan los relojes de colores, siempre y cuando convine: naranja con jean negro, verde con jean blanco. Me gustan las camisas manga larga rosadas. Y los colores vivos. Y el negro. Y el blanco. Y las gafas de marco grande y grueso.

A veces odio tener que ir en Metro. Y me odio por no tener carro. Otras veces, en cambio, me gusta mucho montar en él, porque viajando allí, sin tener que hacer nada más que esperar parado en un vagón, tengo tiempo para pensar. Pensar es mi trabajo. Escribir es una consecuencia de pensar bien. En otros tiempos cuando conducía un carro, y tenía que estar pendiente de semáforos, giros y peatones, me volví tremendamente bruto. Y entonces supe que tenía que volver al Metro, a pensar. Así que a veces me odio por odiar el Metro y querer volver al maldito carro. 

Los temas que prefiero estudiar son la literatura, la religión, los hijos, el matrimonio, el sexo, el amor, el erotismo, que son tres cosas bien distintas, el periodismo narrativo, los procesos productivos, la industria, y eso me viene de la ingeniería, la música y me interesa mucho la pereza como tema intelectual y estético. No me interesa la política, ni el deporte, ni la farándula. La actualidad me importa muy poco.

Me gusta acampar. No me gustan los cruceros. No me gustan las tetas de silicona. Me gusta cultivar mis caprichos y me gusta la gente caprichosa, porque solo así sé quien tiene carácter.

Quiero que a mi vida le pase algo, quiero que cada día traiga una cosa nueva, quiero provocar un cambio en mí, un cambio intelectual, sensorial, sentimental. Quiero disfrazarme, inventarme un papel, jugar un rol, ser un actor, inventarme un mundo, una historia, unos personajes, una mitología. Por eso hago periodismo de inmersión: jugar a que soy un comprador de muebles, un putañero, un desempleado desesperado buscando trabajo, un soltero buscando la compañía de una copera, un hombre llevado de la tusa, un atormentado hombre maldecido buscando que Saúl, el yerbatero lo sane. Por eso hago de estudiante de sicología en el Hospital Mental. Por lo mismo tuve mis novias, tomé Yajé y fui a la Marcha de la Marihuana, tuve mis hijas, estudié ingeniería, me hice jefe de producción. Por eso escribo, por eso respiro, porque quiero que a mi vida le pase algo.

A un lector promedio no le pasa nada. La vida no le cambia, ni intelectualmente, ni emocionalmente, nada. Tienen aprendido un papel. Está incrustado en el mecanismo. Y tiene razón. Tiene que estar funcionando en el mecanismo. Tal vez, menos condenado. Lo único que le puede cambiar la vida es la muerte de la mamá, del papá, el embarazo, un divorcio, un desamor. De resto no pasa nada. ¿Una fiesta? ¿Un viaje? Muerto en vida.

Por eso escribo en un estilo crudo, realista, ácido, pesimista, truculento pero irónico y con altas dosis de humor. Porque lo que quiero es que aprendan a ver su mundo de otra manera, para que cuando vean a sus hijos los quieran más, los valoren, los eduquen, los sientan, los abracen. Para que cuando se coman una carne, la saboreen, la pasen con cerveza, muerdan la suavidad de las fibras y sientan el sabor de la sangre, los jugos de la asadura y la pasen con papitas a la francesa con intensidad y conciencia. Lo que pretendo es que luego de esa lectura, vean a sus parejas con mayor deseo, que quieran besarse cerrando los ojos, sintiendo el beso profundo, sabiendo que uno se hace más sabio y amoroso cada que recorre el misterioso camino del beso con un sentido espiritual. Quiero que vuelvan al erotismo. Como decía Octavio Paz: “erotismo es una poética corporal,…, es ceremonia, representación. El erotismo es metáfora. Es imaginación.” Así que quiero que después de leerme, las parejas jueguen con tacones, con ligueros, con máscaras, con plumas, con aceites. Quiero que hagan juegos de roles, de profesores perversos con alumnas obedientes, de monjas rezanderas con curas obscenos, de médicos impertinentes y pacientes ansiosas. No quiero perder la imaginación. Así como hay órganos para correr, para respirar, para digerir, órganos que se atrofian si no se usan, el órgano de la imaginación deja de funcionar tan pronto dejamos de ser niños. Por eso cuando nos hacemos grandes solo nos quedan los juguetes de adultos para volver al recreo y las travesuras de la niñez.

No hay comentarios:

BALLESTEROS

Entradas populares