jueves, 27 de marzo de 2014

Chupetiada, cuento





Fotos de Juan Fernando Ospina


En la siguiente estación, como lo esperaba, la policía me estaba esperando. Cuando el Metro se detuvo, y en el preciso momento que se abrieron las puertas del vagón, aparecieron dos policías apuntando. Me quedé quieto, sin nervios, mirando cómo se acercaban. Cuando me echaron mano, me obligaron a descender hacía la plataforma de usuarios.  

Pero diez minutos atrás todo estaba en calma. Iba maldiciendo el Metro cuando entró ella al vagón. Venía de tacones, falda corta y camisa de tiritas. Le miré las piernas largas. Se sentó. Tenía que seguirla y volver a verla desde atrás cuando se bajara del tren. Esa visión de su espalda sus hombros, sus muslos, el vestido y los tacones. 
A diferencia del viaje en buseta, en el Metro no hay música, nadie vende confites y no se puede comer, no se puede abrir la ventanilla, y en la noche no apagan las luces dentro de los vagones, y en vez de ello mantienen encendidas esas higiénicas lámparas blancas. En general cuando se monta en Metro por la noche, no parece que se estuviera viajando, sino esperando, sentado y aburrido, en una sala de hospital. 

Luego de unos minutos de recorrido, el Metro se detuvo en la estación Madera. Se escuchó un disparo neumático y las puertas del vagón se abrieron. Ella se levantó. Caminó por el vagón y de un sólo paso estuvo en la plataforma de usuarios. A esa hora el Metro lo usaban muy pocas personas. Del que viajábamos, fue la única que descendió. Así que el largo piso de la plataforma estaba solitario, como un impecable corredor de iglesia vacía. Sus pasos golpeaban una y otra vez la brillante baldosa de mármol, con un taconeo menudo y aligerado. De inmediato salí también del vagón. La chica buscaba la salida por las escaleras del fondo. La seguí cauteloso. De esa manera llegué hasta tenerla bien cerca. Llevaba puesta una blusa negra que dejaba al descubierto sus hombros. Era una prenda ligera, como para los días de verano. Su piel era fresca y blanca, y el cabello lo tenía corto, muy liso y muy negro. Caminé rápido, sincronizado con sus tacones, derecho izquierdo, derecho izquierdo, y quienes nos vieron desde el vagón pensaron que llevábamos una discusión, un disgusto de novios, por la total indiferencia de ella, y mi afán repitiendo el suyo.

Entonces, con agilidad, me abalancé y la agarré desde atrás. Fue un apretado abrazo que le impidió seguir caminando y sus brazos quedaron comprimidos al tronco. Su reacción fue comenzar a gritar y moverse desesperada. Se revolvía, intentando girar su cuerpo para lograr zafarse. Estaba completamente furiosa. Como no lograba mover sus brazos comenzó a golpear el piso con el talón, tratando de colocarme un taconazo en la punta del zapato. Y puso varias veces el golpe en su blanco, pero mis botas paramilitares tenían una platina de la punta. Así que sus puntazos no me hicieron daño.

Abrazándola abrí la boca, apretando mis dientes en las carnes del hombro, como si fuera a chuparle la sangre. Pero en vez de ello ajusté los labios, y succioné, chupando duro, muy duro y posesivo, produciendo el vacío. Ella gritó con más fuerza. Trató de sacarse del apriete, con quiebres y sacudidas que fueron completamente inútiles.

Mientras  tanto el Metro seguía allí, detenido y con las puertas abiertas. Desde el fondo aparecieron policías que venían corriendo empuñando su revólver. De modo que dejé de chupar y miré el hombro de la chica. Sobre su piel había un círculo rojo. Feísimo. Un chupado que no combinaba con la frescura de su espalda blanca. Alcé de nuevo la mirada y vi que los policías apuntaban sus armas, vociferaban algo que no pude escuchar con claridad, pues ambos decían, sin coordinación, cosas distintas. Además, el grito de la chica aturdía.

Sólo hasta entonces sonó la señal del cierre de puertas y al instante se disparó una alarma, que se propagó durísimo en toda la estación. Sabiendo que el Metro continuaría el viaje en ese momento, aflojé mis brazos, empujé la chica, y en un salto ágil, pase por la mitad de las puertas del vagón, que ya estaban por cerrarse del todo. Y de esa manera seguimos hacía la siguiente estación.

Ya en el interior del Metro, Camila me saludó, que todo estaba bien, y siguió enfocándome con la video-grabadora, la lente fiel que captó la escena desde el ángulo perfecto. Dispuesta en ese punto, Camila pudo grabar el  acecho, mi abrazo, el susto perfilado de la chica, sus inútiles esfuerzos y mi beso violento, queriendo desgarrar con la succión. Seguí caminando hasta que la cámara pudo enfocarme bien. Le di la espalda, mirando por una ventanilla, como si fuera un usuario más.

Al operario del tren lo sobornamos. Según lo que nos dijo, esto le suponía la expulsión de la empresa. Pero alegó que ya estaba aburrido de viajar de norte a sur, de sur a norte, por la misma tediosa ruta, repitiendo una y otra vez los procedimientos de acelere, freno, pitos, etc. Por eso a los policías y demás pasajeros, que se percataron del asunto, les extrañó que el tren hubiera iniciado su recorrido sin ninguna anormalidad, después de semejante escándalo.

Camila siguió mis pasos. Pero se pegó con el resto de gente. Y esto fue lo que grabó con la cámara de video: 

En el video, la escena quedó así: en la plataforma de la estación les doy la espalda a los polis mientras efectúan una brusca requisa. Me empujan, me sacuden por los hombros, me obligan abrir las piernas y me tocan sin pudor las güevas una y otra vez. Luego me ordenan dar la vuelta, y les doy la cara. Me miran con odio. Dicen que tengo que quitarme las botas. Me las quito y se las entrego. Buscan en ellas. Me quedo en calcetines blancos y me exigen que saque todo lo que tenga en los bolsillos. Como no encuentran armas, entonces buscan el rastro de algún estimulante. Luego muestro la billetera y mientras ellos bajan la mirada para revisarla, yo doy una ojeada a la cámara. Hago una morisqueta, sacando la lengua, pero inmediatamente vuelvo a mirar a los polis y pongo cara de serio. Los curiosos, que estaban cerca de Camila, pensaron que mi broma se dirigió a ellos, burlándome. Pero nadie dijo nada. Esa payasada le dio color a la escena.

En la grabación no se distingue ninguna palabra. Luego tendríamos que adicionar los diálogos y el resto de sonido.

Cuando me estaban esculcando deseé que todo quedara bien definido en la cinta, que Camila no se moviera, para que la imagen fuera estable, que la gente no se atravesara y que no apareciera el sapo croando complicidades. La edición sería dentro de poco, y la compondríamos todos juntos, pues yo estaría libre muy pronto, y más cuando la víctima, nuestra querida Claudia, se escapara de los polis sin interponer una denuncia.

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