viernes, 23 de noviembre de 2012

SAN PEDRO Y SU CEMENTERIO




 “Te fuiste, nos dejaste pero quedan los recuerdos de nuestras las farras.” Esta es la frase escrita con marcador negro sobre la tumba de Jorge Garrido, 1.984-2.010. El hombre lleva metido en la tumba dos años. Sus flores están grises y tostadas.  “Por todo el vino que tomamos, por todas las noches que vivimos” Alberto Jaramillo 1.978-2011. La dedicatoria es firmada por Marta. “Para una madre muy especial” Rosa María Huerta 1.954-2.009.
 “Yo te dije que volvería al campo santo a brindarte mi sentimiento y mi cariño”.
Sigo caminando por los pasillos del Cementerio de San Pedro, Medellín, una cuadra arriba de la estación Metro Universidad. Vine a dar a acá, porque quiero más cerca de los muertos. Aunque sé que estoy equivocado, para estar más cerca de los muertos, debería visitar un pabellón con enfermos de cáncer testicular.


Tumba de Gardel

El corredor principal del cementerio está totalmente solo. Es Lunes, diez de la mañana y no hay ningún entierro. A un lado está la tapia de Carlos Gardel. Gardel murió en Medellín, en un accidente aéreo, en 1935 y su cadáver estuvo en este cementerio hasta que se lo llevaron a Buenos Aires.
En el cementerio de San Pedro por las noches hay actividad cultural. En la plazoleta central, rodeada de tumbas, hemos visto O marinheiro, de Fernando Pessoa, representado por el grupo del Teatro Matacandelas. Para esta temporada, la obra comienza a las doce de la noche. En la primera escena hay una doncella muerta velada por cuatro más. Todas con cara de muertas.
La tarea que tienen los publicistas es vender una promesa. Si compras una camisa Lacoste te prometemos diferenciación y exclusividad, dicen los italianos. 
“No te imaginas lo que CITROËN puede hacer por ti”,
“La verdadera vida comienza en el interior” NISSAN,
“La forma más hermosa de ser tu misma”, NIVEA.
 Pero en el top de las promesas, la religión se ha llevando siempre el primer puesto. Si eres bueno, te prometemos un paraíso en el más allá. La vida después de la muerte, la vida eterna, es el comercial con el que clérigos católicos, judíos y musulmanes han vendido sus productos y levantado sus palacios.
La cantidad de adeptos de las religiones a lo largo de la historia ha demostrado la eficacia de esta campaña publicitaria. Los creativos de las empresas lo saben, lo estudian, y por eso siempre están buscando una promesa para venderle a su mercado, una promesa que sea tan atractiva como una experiencia religiosa. 



Veo tumbas, cruces, nombres, y me pregunto por los administradores de la muerte, por quienes se han hecho dueños de la vida después de la muerte.
El día está oscuro. Roberto Quintero murió el 14 de Mayo d 1995, Mario Loaiza, Febrero 2008, Emilia Margarita Hincapié, abril 18 del 2002. ¿Cómo era Rosa Emilia? ¿Querida? ¿Amable? De Maria Alfonsina no se acuerda nadie. Su lápida es polvorienta y curtida.
Más adelante hay tres tenebrosas estaturas de mujeres. Tienen el rostro perdido, mirando nada en el horizonte, caminan al más allá, muertas, vestidas con mantos que cubren sus cabezas. Más tumbas. Más nubes grises. Más dedicatorias “te fuiste para el cielo, espérame”.
La energía de los muertos es pesada. Siento su carga en los hombros. Me siento triste, no sé por qué, pero este lugar no es un buen lugar. Busco la razón. Tal vez la sugestión me doblega, tal vez las dedicatorias, las tumbas, los pinos, el cielo, las mujeres muertas y Cristo sin vida me han abatido.



 Por azar, presencio la exhumación de un cuerpo. Tres mujeres se abrazan esperando ver los restos de un familiar. Tienen los ojos colorados y miran nerviosas. El sepulturero abre la tumba, baja el ataúd y rompe con una barra las maderas corruptas. El cuerpo está tan podrido como la madera. Las mujeres, sin dejar de abrazarse, se acercan lo menos posible y miran desde la distancia.
Es un martirio. Yo no entiendo la religión. ¿Por qué dejar podrir un cuerpo en una tumba?
El cuerpo está prácticamente entero. Era un hombre. Cuando lo enterraron, en la funeraria le aplicaron demasiado químico que no dejó descomponer las carnes y los huesos. Para trajinar con el cuerpo, el sepulturero tiene que despezarlo a punta de machete.
Cada machetazo del sepulturero chasquea y parte los restos. Las mujeres lloran desconsoladas. Es una tortura, una puta tortura engendrada en la religión. Veo llorar a las mujeres y se me encoje el pecho.
Me da rabia. Religión de mierda, religión de infierno.



No lo soporto y me largo. A la salida del Cementerio de San Pedro me siento impotente. A mí, que me quemen a penas muera y si mis órganos quedan buenos, que los donen.
La vida es ahora y no después. He conocido un montón de gente que, al parecer, está esperando una segunda oportunidad. Está esperando otro momento, no se sabe cuál momento, pero lo esperan. Están esperando algún día para dar los abrazos, para decir las palabras, para escribirlas, para estar con la gente que se ama, para pintar, tocar guitarra, beber vino, escuchar música, fumar marihuana, hacer el amor toda la tarde, ver cine, ordeñar, montar a caballo, respirar con hondura, mochiliar, leer a los hijos, ir a clases de yoga, de culinaria, de piscina, de bisutería. Afortunadamente, no hay una segunda oportunidad. 






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