viernes, 23 de noviembre de 2012

SAN ALEJO Y LA CELEBRACIÓN

En la feria artesanal de San Alejo, celebrada en el Parque de Bolívar en el corazón de Medellín, se bebe aguardiente y se fuma marihuana con esmero. La botella de aguardiente se camufla en bolsas negras, se toma pico de botella y el humo de la hierba sube por entre las sombras verdes de los árboles.
El cielo irradia un azul perfecto una multitud avanza con lentitud por los pasillos de los toldos en los que se venden bolsos y correas de cuero, manillas, anillos, collares, aretes, muñecos de dragones y hadas.  El reportero polaco Riszard Kapuscinski escribió: “Un Centro Comercial es un edificio con pisos lustrosos, rótulos de conocidas marcas, placas con apellidos de comerciantes famosos, anuncios de ofertas y vitrinas atractivamente decoradas. La feria por el contrario, es el mundo de la espontaneidad y la improvisación, es una celebración popular”.

Estoy ojeando los tenderetes cuando un sujeto me reza en secreto: “tortas, ponqués, tortas”. El tipo vende las famosas tortas de marihuana de San Alejo. Son tortas de banano, sazonas con hierba. Cada porción vale 2 mil quinientos. Pido dos. Las masco en cuatro bocados y las paso con cerveza. Su sabor es simple. Y su olor, tantas veces olido no se parece en nada a su sabor. Los efectos de la torta se demoran. El proceso digestivo tiene que hacer toda su carpintería para que las sustancias psicoactivas inunden la sangre y lleguen al cerebro. 
En un puesto de venta pregunto por un anillo. La pinta del sujeto del tenderete me recuerda al pirata Jack Sparrow. Pero este pirata tiene lentes oscuros. Jack coge el anillo con cuidado y lo mira. Le saca brillo con un trapo rojo y me lo entrega despacio, ceremonioso, como si me entregara un misterio.  
―Jirafita, ―me dice―, la piedra se llama Jirafita porque tiene manchas marrones, como las jirafas.
La piedra me encanta. Jack me dice que trajo la piedra desde el Perú. El anillo tiene un buen precio: 15 mil pesos. Lo llevo y pienso que voy a quedar como un príncipe con este regalo cuando lo entregue.


Más adelante hablo con Armando, un artesano, en su puesto de correas de cuero. Me cuenta que es de Medellín y viaja por Suramérica. Es graduado de sociología de la Universidad de Antioquia. Trabajó con la Alcaldía de Medellín pero cansado de los horarios, de su novia y su mamá, dejó su profesión. Con Armando me tomo otra cerveza. Me dice que su vida no tenía emociones, que buscaba tener ritmo y velocidad en sus días. En una oportunidad, en Valledupar, Armando conoció a un holandés quien acababa de llegar de la Sierra Nevada de Santa Marta y estaba encantado con las garrapatas. Las tenía regadas por todo el cuerpo. Cuando el europeo estaba en la sierra, su guía le advirtió que esa plaga le haría daño, pero el hombre estaba feliz con sus bichos caminándole por el pecho peludo. A los días, los animales se enterraron en la carne y el holandés presumía con su collar de garrapatas entre la piel. Cuando más adelante la enfermedad comenzó a consumirlo, el guía lo amarró a la fuerza en un burro y lo bajó hasta Valledupar. Fue allí donde Armando lo conoció, con el pecho herido, inundado de bolas gruesas.    
Escucho la historia y me doy un trago de cerveza. Una señora pasa por el pasillo y pregunta por un cenicero en cerámica. Para nuestros paisano cualquier persona que venda manillas en la calle es un marihuanero que no quiso estudiar. Y no se equivocan. Pero el asunto no acaba allí. Ante todo, estos artesanos son aventureros, amantes de la libertad y el hedonismo.  Su personalidad eclipsa. Ellos son, sobretodo, aventureros y los aventureros para sobrevivir a sus pericias tienen que desarrollar el sentido de la empatía. La empatía, según el diccionario, “es la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”. Identificación, eso es la empatía, identificación. Por eso si te acercas y hablas, ellos de inmediato están tratando de identificar tu código, tu lenguaje. Cuando lo identifican ya están conectados contigo y se puede hablar y compartir historias. La empatía es una habilidad que los sedentarios hemos perdido. Encerrados en un edificio, en la casa o la oficina, no conocemos ni al vecino y poco nos interesa conocerlo. Somos egoístas por excelencia. Estos artesanos por el contrario han viajado miles de kilómetros y para sobrevivir tiene que identificarse con el otro, contar con el otro.  Pueden hablarte de cómo es la cultura de los Indios Arahuacos en la Sierra Nevada de Santa Marta, qué comen los pescadores del rio Amazonas, y el precio de un filete en un mercado de Buenos Aires. Haciendo equipo con cualquier persona desconocida en el camino, es la única manera para sobrevivir y luego contar su rollo. 

 
Más tarde me siento a fumar un Kool light al lado de la fuente de agua y comienzo a sentirme liviano. El efecto de la torta. Veo la estatua ecuestre de Simón Bolívar. El hombre y su espada, su caballo. Yo también quiero ser un héroe… con estatua en el parque donde caguen los pájaros.  
El reportero Kapuscinski tiene razón: las ferias son una fiesta popular. San Alejo es una de ellas. Los primeros sábados de cada mes se repite el festejo en el Parque de Bolívar. El sol cae detrás de la montaña cuando dejo la feria y en mi bolso el anillo con la jirafita.
En el Metro siento un peso enorme en los párpados. Era un sueño invencible. Como puedo llego hasta el apartamento y me tiro a dormir. Es un sueño ligero, delicioso. Duermo 10 horas seguidas. Pocas veces duerme uno tan tranquilo.  







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