miércoles, 3 de octubre de 2012

LOS HERMANOS CUERVO, Andrés Felipe Solano



Por Pascual Gaviria

Los hermanos Cuervo transcurre entre ambientes y delirios variados. Siempre está la extrañeza, la extravagancia, las perlas podridas que entregan la naturaleza y la vida en las ciudades y las carreteras. Las anomalías hacen parte de esta colección de freaks que por momentos nos hacen reír, por momentos no mueven a la envidia y en ocasiones activan las alar

mas de la desconfianza que despiertan los mentirosos consumados.
Al comienzo, la novela transcurre entre los mitos que se logran crear en los salones de un colegio de niños y adolescentes educados por curas. Lo leí con alegría porque también yo estudié en un colegio con misa semanal donde un sacerdote de un metro cuarenta nos hacía pasar por todos los terrores y las imaginaciones. Es ahí donde aparecen los hermanos cuervo: los diferentes, los extraños, los silenciosos, los que no toman Coca Cola, no ven televisión y se ven monstruosos por no compartir los juegos y las charlas de sus congéneres. Los alumnos nivelan todo por el medio, lo igualan todo de tanto mirarse, compararse y temer ser juzgados como diferentes. Y los hermanos Cuervo logran convertir la jaula clásica en una feria de la ciencia y el terror.
De sus gustos extraños por las monjas muertas retratadas en los museos bogotanos, de su curiosidad por la geografía y las construcciones extravagantes y efímeras, de sus imposibles deseos de hacer una nueva comisión corográfica y su creer que es posible acumular el conocimiento como si se llenara un álbum le viene el espíritu a la novela de Solano. Los Cuervo son periodistas, filósofos, cartógrafos, historiadores y algo más. Pero están todavía crudos, y eso hace que sus pesquisas y sus días sean remedos de todas esas disciplinas, versiones amputadas de lo que harían verdaderos especialistas. Les cuento una de sus experiencias como botón de muestra: Oyen las bombas de los años noventa y cogen un taxi para tomar fotos del espectáculo. Así son, retorcidos, frívolos en ocasiones y profundos hasta el desconcierto en otras.
Y no son ellos quienes cuentan sus hazañas. Es un pobre compañero de colegio que de tanto repudiarlos termina por convertirlos en los santos de todas sus devociones. Las clases de guitarra que les imparte le han dado la posibilidad de ser testigo del caserón enigmático donde viven con su abuela. Ahora los Cuervo tienen su evangelista que anota sus descubrimientos y nos cuenta los secretos ocultos tras puertas clausuradas. Ya no estamos en una novela sobre los desvaríos adolescentes sino que asistimos a la historia de una especie de casa del terror. Los terrores son entre ciertos e imaginados. Adentro hay una combinación entre museo y laboratorio para las investigaciones imposibles.
Cuando la casa se hace pesada, aparece la sombra del abuelo de los Cuervo. Entramos entonces en el mundo de los deportes, las historias del ciclismo, las épicas de la vuelta a Colombia y los transmóviles donde se cocinó la primera gloria de nuestros primeros ciclistas. León Sierra es una cronista que además del cronómetro lleva un rosario de dichos y reflexiones, que sabe poner a los corredores codo a codo con los dioses griegos y la gente se contenta con verlos pasar durante una ráfaga de segundo y oír el cuento durante horas. Pasamos a la crónica de ciclismo sin darnos cuenta. Ahora estamos en las carreteras hirvientes cuando hace unas páginas no salíamos de un sótano helado con dos jóvenes enfermos de curiosidad y suficiencia.
Les tocará creerme si les digo que aun falta recorrido. Al final tendremos una especie de road movie que protagonizan un viejo campeón de ciclismo venido a menos, convertido en comerciante de ferias y contrabandista, y su acompañante, una joven de 18 años que solo pretende escapar de las garras indiferentes de su madre. No van de paseo. Van siguiendo el rastro de una mujer desaparecida. De modo que ahora se trata de un juego detectivesco. La gracia de todo esto es que los cortes se hacen con cuidado, no digamos que son imperceptibles, pero apenas los anuncia un resalto en el camino de las 240 páginas.
 
 
 

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