jueves, 28 de octubre de 2010

GUERRA EN IRAK

Mateo Cervantes en la fachada de la casa de Sadam Hussein.


El siguiente es un resumen de la guerra de Irak hasta el comienzo de la retirada de tropas Estaudinenses.

Guerra étnica
En Iraq hay dos etnias religiosas: chiitas y sunitas, una diferencia importante pues son las dos ramas que dividen al islam. Los chiitas representan el brazo más ortodoxo musulmán y su poder proviene de Irán, donde son mayoría. Por fuera de Irán, los chiitas permanecen en constante amenaza. En el caso de Iraq, el 65% de la población es chiita, pero hasta la caída del régimen de Sadam el control estatal lo detentaba un sunita, el propio Saddam Hussein. Para mantener el control, Hussein ejercía una constante represión sobre los chiitas. Las rivalidades entre ambas etnias han llegado a puntos críticos. Los bandos en la guerra entre Irán e Iraq en los ochenta fueron precisamente los chiitas, en Irán, y los sunitas, en Iraq.

Una de las represiones más feroces que sufrieron los chiitas iraquíes sucedió al finalizar la guerra del Golfo. Cuando la mayor parte del ejército iraquí quedó destrozada en 1991 y las fuerzas de la coalición, lideradas por Estados Unidos, lo obligaron a salir de Kuwait, los líderes de la oposición chiita iraquí pensaron que había llegado la hora de su revancha y que podían derrocar a su presidente con la ayuda de la coalición. Se produjeron levantamientos y revueltas en el interior del país. En respuesta, Hussein aplastó la rebelión popular contra su régimen utilizando los restos de su diezmado ejército. Fue una carnicería humana a los ojos indiferentes de las tropas internacionales, que se dieron vuelta en la frontera y regresaron a Kuwait. Si la coalición no siguió avanzando hasta Bagdad ello se debió, según argumentaron los estrategas y políticos en su momento, a que temían que Saddam se defendiera del ataque con armas químicas.
Entre tanto, la rivalidad entre chiitas y sunitas iba en aumento.


Saddam Hussein se rodeó de personas de su más alta confianza
porque sabía que la venganza chiita se calaba con fervor. A este peligroso caldo étnico hay que sumarle el componente kurdo. Los kurdos son un pueblo sin un Estado propio, diseminado en el suroeste asiático entre Irán, Iraq y Siria. El norte de Iraq es mayoritariamente kurdo, que es sunita, como lo era Hussein, pero en vista de la negativa del gobierno iraquí a proporcionar un territorio propio, los kurdos fueron sus enemigos. En la guerra irano-iraquí, las guerrillas kurdas se aliaron con Irán y al final de la guerra del Golfo Saddam también sofocó su levantamiento con violencia.

Inestabilidad en Iraq

Con la caída del régimen de Saddam Hussein, en marzo del 2003, llegaba la revancha de los chiitas iraquíes y kurdos. Lo que siguió a continuación fue el proceso de la reconstrucción de Iraq y la búsqueda de la estabilidad política. Lo que se quería era un gobierno democrático, de carácter laico, que redujera el peso de lo religioso en lo político, y con representación de las principales etnias y creencias del país. Pero este proceso de normalización estuvo marcado por numerosos episodios de violencia y ataques terroristas realizados por la resistencia sunita. En agosto de 2003 se perpetró un atentado contra la sede de la ONU en Bagdad. En Najaf, ciudad santa chiita, un atentado terrorista acabó con la vida del ayatolá Muhammad Baquer al Hakim, personaje de gran importancia en la comunidad chiita iraquí. Con él murieron otras cien personas. En octubre de ese mismo año cinco carros bomba estallaron en Bagdad, causando más de 35 muertos y 200 heridos. A Saddam Hussein lo capturaron en diciembre de 2003 y lo pusieron a disposición de las autoridades interinas, quienes se comprometieron a procesarlo por crímenes de lesa humanidad. El conflicto interno crecía en intensidad. La guerra de guerrillas estaba en su peor momento. En enero de 2005 asesinaron a Alí al Ahaidari, gobernador de Bagdad. Entre tanto, se celebraron elecciones populares para el 30 de enero de 2005. El aparato legislativo, llamado Asamblea Nacional, la ocuparon chiitas en su mayoría, con 128 de los 275 asientos disponibles. La segunda fuerza política, representada por la coalición de los principales partidos kurdos obtuvo 53 escaños.


Por su parte, los sunitas acudieron a las urnas y ganaron 44 diputados.
En estas elecciones adquirió una especial importancia el hecho de poder incorporar a los sunitas a la normalización institucional del país. En agosto de ese mismo año más de mil personas perdieron la vida en una peregrinación chiita en la capital, al desatarse el pánico por el rumor de que terroristas sunitas perpetrarían una de sus acciones suicidas. El 22 de febrero de 2006, un atentado destruyó en Samarra la cúpula dorada de la mezquita de Al Askari, uno de los principales santuarios de los chiitas iraquíes. Las represalias contra los sunitas de Saddam se desataron de inmediato, iniciándose una gravísima espiral de violencia entre ambas comunidades religiosas. El país se sumergió en una guerra civil. El 30 de diciembre de 2006 ejecutan a Saddam Hussein en la horca, en Bagdad, dando cumplimiento a la sentencia del alto tribunal que lo juzgó. La condena se le impartió por la muerte de 148 chiitas en 1982. La reacción de la resistencia no se hizo esperar: el 22 de enero de 2007, un doble atentado con carros bomba en Bagdad segó la vida de cien personas.


Desorden en la ocupación militar estadounidense

Aunque las viejas disputas étnicas fueron un potente motor de violencia en Iraq, otro factor que agravó la situación fue la manera en que el ejército estadounidense asumió el liderazgo en el país luego de la caída del régimen de Saddam Hussein en 2003. El reportero Jon Lee Anderson lo explica en su libro La caída de Bagdad, cuando entrevista al ingeniero Muayed al Musli en los suburbios occidentales de Bagdad, en abril de 2004. El ingeniero le dice a Anderson que «transcurrido un año de ocupación, tanto sunitas como chiitas estaban hartos de las humillaciones de los americanos».


La entrevista entre Lee Anderson
y el ingeniero tuvo lugar en una mezquita donde se habían dado cita los ciudadanos iraquíes de ambas etnias para hacer donaciones de comida y medicina. La ayuda iba dirigida a Faluya. Allí la resistencia combatía a los estadounidenses, que mantenían sitiada la ciudad. En palabras del ingeniero: «Todos los iraquíes odian a los americanos, sunitas y chiitas tienen un enemigo en común». Anderson relata los atropellos que cometían los marines contra la población civil, en muchos casos a causa del desconocimiento de la cultura.


La casa es el lugar más sagrado para los musulmanes
y sus mujeres su posesión más preciada. Cuando los soldados ocupaban edificios y escuelas apostaban centinelas en el tejado. «Esto enfureció a los lugareños ―continúa acusando el ingeniero―, pues significaba que los soldados podían fisgar en los patios privados de sus casas y espiar a sus mujeres e hijas”. Pero en otros casos los abusos se hacían en forma premeditada. Los soldados tiraban abajo las puertas de las casas, robaban, molestaban a las mujeres con obscenidades y amenazaban poniendo una pistola delante de las narices. En La caída de Bagdad, Anderson cuenta cómo los iraquíes sentían que Estados Unidos los había engañado. Si ya habían derrocado a Saddam y no habían encontrado las supuestas armas de destrucción masiva, ¿por qué no se iban del país? «Los iraquíes son orgullosos y no quieren que los extranjeros vengan a gobernar» remata el ingeniero.


Todos pensaban que en realidad Estados Unidos había armado la guerra por el petróleo
y no por otra cosa. La hipótesis que tenían los iraquíes era que los estadounidenses querían dividir a sunitas y chiitas. En la medida en que esa rivalidad se reforzara, Estados Unidos tendría una excusa para permanecer más tiempo en el país. En vista de esto, en abril de 2004 se habían reunido ambulancias y camiones, con donaciones realizadas por personas de ambas etnias, para prestar ayuda a la resistencia que combatía contra los estadounidenses en Faluya.

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