lunes, 12 de julio de 2010

MIERCOLES DE STRIPTEASE


El escritor Santiago Gamboa decía que si no existieran las putas tendríamos que suprimir como el cuarenta por ciento de la poesía y el arte. “Es difícil dar con un poeta que no haya sido putañero o burdelesco”, dijo Gamboa. Y es verdad. La lista de los colombianos podría ser encabezada por: León de Greiff, Mejía Vallejo, Mario Escobar, R.H Moreno Durán, García Márquez, Barba Jacob y seguir nombrando, pasando por el mismo Gamboa y llenar este post con nombres de artistas y escritores. Todo esto sin hablar del periodismo. Es paradójico que, mientas a los poetas les encantan las putas, lo cierto es que para la mayoría de estas mujeres su oficio resulta un trabajo de perros.

Es miércoles, la fría mitad de la semana, no es día de pago y el grill La Barra Ejecutiva, está casi vacío. En pleno centro de Medellín, este lugar es como todos los sitios de striptease: ambiente de bar con luz roja, tarima en el centro y un esqueleto de barras plateadas verticales y horizontales. Suena duro una salsa. Es Mark Antony.

La salsa deja de sonar y retumba un tema discotequero. El discjokey anuncia: “Con ustedes, caballeros, Andrea en la pasarela”.

Sube a la tarima una muchacha delgada con un babydoll negro, tanga brasilera y tacones puntilla. Sus piernas están enfundadas en medias de malla hasta la mitad de los muslos―, “¡disfruténla¡, dice el Dj, y se prepara Claudia, otro pastelito para la noche”.


Sin querer estoy moviendo la cabeza al ritmo de la música. Andrea es blanca y se contonea al ritmo de la música, yendo de un lado a otro de la tarima. Desde mi puesto, pegado de la pasarela, levanto los ojos para mirarle el trasero.

Luego de unos minutos, la música cambia. Ahora suena una balada ochentera y Andrea se va para el extremo de la tarima con mayor iluminación. Esforzándose por parecer sexy se quita el brasier, luego la tanga y cuelga las prendas de la barra horizontal. Sus pezones son rosados como carne de salmón. Quítele a una mujer lo que quiera, pero déjele los tacones y el liguero. ¡Andrea se ve maravillosa! A un metro de mi cara, Andrea se pone en cuatro, levanta el culo y menea las caderas. Su trasero son un par de manzanas rojas. Provoca morderlas.

Andrea se acuesta, gira y me enseña a sangre fría su sexo lampiño. Todo desaparece para mí. Las mesas, los hombres, la música, las calles, Medellín, el mundo entero deja de tener sentido, y ahora sólo existe esa pequeña ventana vertical ajustada en los muslos blancos de Andrea. Estoy atrapado ese par de boleros delgados y rosados. Con un esfuerzo escapo del campo magnético y levanto el rostro para mirarle los ojos a la chica. Su mirada es fría e indiferente. De golpe, vuelo a la realidad. Andrea no lo está disfrutando. Baila y se toca el cuerpo como tocando cualquier cosa. Tiene el sexo seco. Me decepciono y tomo un trago de cerveza. Más adelante lo comprobé: en la Barra Ejecutiva no hay bailarinas, sino prostitutas. Guillermo, un amigo putañero, alguna vez me dijo que: “a las putas se les mirar el culo, pero nunca los ojos.”



Andrea tiene el coño rasurado. Si Henry Miller viera lo que estas mujeres le hacen a su pubis, se moriría de asco. Para Miller, el misterio de un coño está en sus vellos ensortijados. Un coño rasurado no es un coño de mujer, es una tierna fracción infantil que no inspira lo que inspira un peluche púbico. Bukowski decía que el mejor amuleto no era guardar una pata de conejo en el bolsillo, sino acariciarle el pubis peludo a la novia.

Recuerdo que estoy allí para contar lo que veo. Entonces miro a los clientes. Andrea se arrastra por la tarima como una pantera y les muestra el sexo de niña a los clientes del otro extremo. La balada sigue sonando duro. Los tipos miran ganosos. Sus ojos son prolongaciones de las manos, palpando, tentando cada porción de la carne de Andrea. Mi vecino se frota el rostro con energía. Está ansioso. Es víctima de la fantasía que vende el striptease: esta mujer se mueren por follar con nosotros. Andrea desata ese feroz animal interior que quiere morder carne, que quiere lamer cuello, que quiere amasar piernas, que quiere chupar, empujar, apretar y reventar. Estas mujeres explotan la lujuria, para su provecho, y para el nuestro. Quizás si nuestras novias fueran tan lujuriosas como nosotros, no tendríamos nada qué hacer allí. El dicho popular es cierto: “Nada como una señorita en la sala, pero bien puta en la cama”. Alguna vez, una amiga me dijo que en el fondo todas las mujeres son unas putas, pero el miedo y la vergüenza las reprimen. Josefina Lucitra en una violenta diatriba contra los hombres que van donde las putas, confesó que lo que más la irritaba de un putañero es que le estaba dando a ella el lugar de santa. “Y yo, que cada tanto sueño con ser puta pero soy periodista, no me lo merezco”, concluye Josefina.


El show se prolonga hasta que acaba la canción. Entonces Andrea recoge sus prendas, baja de la tarima y en las escalas se pone su tanga. La escena me parece más seductora que la serie anterior: Una mujer en tacones se sube por los muslos el hilo negro. Andrea se pone los calzones de manera natural, sin el falso erotismo con que se los quitó. En su naturalidad está la seducción de la escena. El verdadero arte de Andrea no es quitarse la ropa, sino ponérsela.

Muy rápido, el asunto me aburre. Siento pena por estas mujeres que ganan dinero gastando la entrepierna. Nunca he pagado por sexo y esta noche tampoco fue la primera vez.


1 comentario:

Lalu dijo...

Es horrible cuando uno le sale al novio con cualquier guachada - se supone que ya hay suficiente confianza pa decirle lo que uno piensa, cuando lo piensa - y el man le dice a uno que no le gusta oírlo hablar así
- "pero linda, esa no eres tú".

Uno se queda como de piedra, con ganas de llorar y sin entender por qué no entienden que uno puede tener arranques de cualquier cosa.

BALLESTEROS

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