jueves, 28 de enero de 2016

Me encontré con Ramona

Esta semana me encontré con Diana en pleno centro de la ciudad. Me dio vergüenza recordar que hace 15 años, cuando teníamos 17, y éramos novios de colegio y nos dábamos unas vibrantes revolcadas. En las tardes, nos volábamos de clase y nos íbamos a mi casa o a la suya, según la casa que quedara sola. Tenía un hermoso lunar en la nalga que yo siempre le mordía y que le puse el nombre de Ramona. Y utilizábamos esa clave para decirnos cosas en secreto como “¿Si vamos a montar bici con Ramona?” o “lo rico que estuvo ayer el capítulo de Ramona” Y ella le puso a mi sexo Arturo, porque así se llamaba un vendedor de perros que surtía el pan con una salchicha alemana olorosa y agría.

Cuando vi a Diana de lejitos caminando por la acera, tenía de la mano a un tipo. Diana y yo nos saludamos con sonrisita y piquito formal.

―Te presento a mi esposo.

“Carajo, el esposo”, alcancé a pensar antes de estirar la mano.

―Es un compañero del colegio ―me presentó con Rodrigo Alfonso.
En el semáforo, un carro frenó en seco y ambos giraron para mirar. Casi volteo también, pero en un reflejo hermanado con el saqueo, aproveché para mirarle a Diana las tetas. “Juemadre, las mismas de siempre”.
Giraron a mí de nuevo.

―¿Volviste a ver a Ramona? Me preguntó.

¡Se acordaba!

―Sí, ―dije muy serio― alguna vez me lo encontré. Estaba con Arturo.

―Soltó una carcajada incontrolable.

Conversamos un poco, pero yo no me sacaba de la cabeza el recuerdo de una foto que le tomé a sus pezones. No sé cómo fui capaz de despedirme de Rodrigo Alfonso mirándolo a la cara y recordando los pliegues exactos de Ramona.

A los días, saliendo de cine con mi esposa, caminando por un pasillo del centro comercial, nos encontramos con un amigo suyo. Mi esposa lo saludó, pero sin darle piquito ni nada.

―Es un compañero del colegio ―me dijo―. Te presento a mi esposo ―le dijo al hombre y él y yo nos dimos la mano.

―Mario Leandro Lijonto ―dijo. 

Me puse muy nervioso. El karma, el maldito karma. Luego de un breve y superficial cruce de preguntas de viejos amigos, Mario Leandro le preguntó por Milagros.

Yo solo pude parpadear y tensionar el tronco. No lo podía creer, ese sujeto también conocía a Milagros, la flor que mi esposa guardaba entre las piernas para mí. O bueno, ya no era solo para mí.

―¿Milagros? ―contestó mi esposa contrariada.

El hombre puso una cara como de “hay algo que solo sabemos tú y yo y por eso pongo esta cara de pendejo”.

―¿No recuerdas a Milagros? ―volvió a preguntar Mario Leandro clavándole los ojos a mi esposa para presionarle el recuerdo.

Para mí, este sujeto ya no era Mario Leandro Lijonto, sino Mario Güevardo Litonto. Mi esposa seguía negando con la cabeza y arrugando la frente.

―Una chica muy linda, que, en efecto, hacía Milagros ―dijo Litonto.

Idiota. Empecé a arrastrar a mi mujer para que nos largáramos de una vez.

 ―No, no la recuerdo.

Nos despedimos.

Yo estaba delirando de rabia. Pero me quedé callado.

―No te hagas ―me dijo mi esposa―, sé que estás muy enojado.

―Qué va ―dije.

―No puedo creer que estés enojado nivel: me pongo celoso de lo que hiciste cuando no estabas conmigo.

―No es eso, es que Milagros es Milagros. ¿Por qué no podías ponerle otro nombre?

―¿Acaso tú se lo has cambiado a Arturo? Yo sé que Arturo le hacía la visita a Ramona, a Dolores, a Amanda, y nunca te he dicho nada. Igual le sigo llamando así. Y me gusta Arturo, me gusta ese nombre.

―Ya, ok, ya entendí, entonces no jodo porque también tengo el pecado.

Nos quedamos callados un rato.

―¿Entonces ese pendejo también besó a Milagros?

―¿Ay, Andrés…, vas a empezar de nuevo?

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