martes, 1 de julio de 2014

La vida comienza a los sesenta




En una de sus historias, Charles Bukowski cuenta que un amigo le trajo a su casa un corazón humano metido en un envase de vidrio lleno de formol. Aterrado por el regalo, Bukowski lo metió en el fondo de un armario para dejar de mirarlo. Pero cada noche, antes de sentarse a escribir, no podía evitar abrir el cajón. Cuando miraba el envase, pensaba lo mismo: odiaba el corazón humano. 

En la contraportada de sus libros, dice que nació en 1920 y murió en 1994, “fue el último escritor maldito de la literatura norteamericana” y se le compara con Henry Miller, Céline y Hemingway. Aunque él mismo nunca aceptó estas relaciones literarias. En una entrevista con Fernanda Pivano dijo de Miller: “las partes de los polvos eran extraordinariamente humanas, pero luego comienza con la filosofía y a hacerse preguntas, y cuando hacía esto, yo perdía el hilo y me dormía.” En la misma entrevista dijo de Hemingway: “se preocupa de la guerra y del valor y de la muerte, pero yo pensaba en el hombre vulgar que va a trabajar todos los días.” Es en el remate de esa respuesta donde hay un marco para sus propias historias.

En ellas se ocupa de las aventuras de un borracho y putañero, que apuesta a los caballos en los hipódromos y escribe en la resaca. Borracheras, calles, mujeres y piezucha sórdidas. Historias simples, de un hombre simple. Pero allí está la trampa. Allí está la ironía, esa que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice. Alguien se acerca confiado a leerlo, pica la carnada y termina dando patadas de ahorcado. Porque lo que hace Bukowski en realidad es observar y describir ese terrible corazón humano, metido en un envase de vidrio.

Varios críticos y literatos han dicho que Bukowski es un escritor menor. "Es fácil escribir así", "No agrega nada", dicen. Patrañas. Es casi imposible escribir tal cual, tal cual el tiempo pasa. Sin invenciones, sin exageraciones, sin grandes espectáculos, ni resplandores gramaticales. Su estilo es preciso y parco. Héctor Abad Faciolince dijo alguna vez, de su mejor novela, El olvido que seremos, que estaba escrita en el nivel cero de la literatura. Es decir, en un lenguaje exageradamente sencillo, con imágenes simples. Y es cierto, la novela de Abad se lee de un tirón, pero tiene la contundencia para hacernos sentir impotentes y rabiosos ante la muerte de su papá. Los objetos, los personajes y las situaciones se describen de manera concisa y aparentemente superficial. Bukowski lo dijo: Un intelectual es el que dice una cosa simple de un modo complicado. Un artista es el que dice una cosa complicada de un modo simple.

En uno de sus relatos escribió: "Hacer el amor es darle patadas en el culo a la muerte mientras cantas." Más allá que sus historias sean obscenas, sus espacios contaminados, sus personajes vulgares y aún así tiernos e ingenuos, más allá de toda calificación, lo cierto es que sus relatos y poemas, a mí me gustan más sus poemas, tienen una técnica efectiva. En ellos trasmite pesimismo, simpatía, rabia, desazón, pero sobre todo humor, ese humor negro del que tiene la capacidad para reírse, aún cuando tiene el agua hasta el cuello.  

Bukowski escribió desde el colegio, pero solo tuvo éxito hasta que cumplió los cincuenta años. Durante su infancia, su padre era autoritario y brutal, le pegaba en exceso, sumiéndole en un estado de infelicidad del que ni el éxito económico ni los aplausos de sus últimos años le sacaron nunca. Él mismo lo confesó: “Es por culpa de mi niñez, sabes. Nunca supe lo que era el amor”. A los 13 años comenzó a beber, muy rápido se fue de la casa y comenzó a vagar por las calles de los bajos fondos de Hollywood, saltando de un trabajo a otro. Odiaba trabajar: "Es increíble lo que un hombre tiene que llegar a hacer sólo para poder comer, dormir y vestirse." Entonces se empleó en la oficina de correos. Fue Jhon Bryan quien le propuso escribir en Open City, una revista de garaje. Bukowski aceptó escribir en sus horas muertas: “No parecía haber presión alguna. Bastaba sentarse junto a la ventana, darle a la cerveza y dejar que saliese”. Llamó a la columna Escritos de un viejo indecente y en ella transcribió sus hazañas alcohólicas, hilarantes encuentros sexuales con mujeres mayores o con despojos de la clase trabajadora norteamericana de la que hacía parte. Aquellos escritos eran una sumatoria de quejas redactadas con esa rabia triste, de desahuciado, con la que media el mundo. 

¿Qué es el amor? Y Bukowski contestó: “El amor es una niebla que quema con la primera luz del día de la realidad." De su máquina salieron seis novelas (Cartero, Factotum, Mujeres, La senda del perdedor, Hollywood, y Pulp), cinco libros de relatos (Erecciones, eyaculaciones y exhibiciones; La máquina de follar; Se busca una mujer; Música de cañerías; y una recopilación de sus mejores Escritos de un viejo indecente) y una tonelada de poemas.

Cuando sus libros comenzaron a venderse en Europa, visitó Alemania y un grupo de feministas lo atacó y acusó de utilizar la imagen de la mujer como objeto sexual. Porque a primera vista, parece un machista sin remedio. Pero más allá de las líneas, se leen historias de amor, de hombres, de mujeres, incluso hay múltiples relatos donde el personaje masculino queda reducido. Como la historia del empleado que se ve obligado a llegar a las ocho en punto de la noche a la casa porque de lo contrario su mujer se largará. El hombre intenta cumplir con sus cosas, pero el patrón le impone más tareas. Está desesperado. Corre y corre. Cuando llega a la casa, su mujer se ha ido. En alguna parte ya lo dijo: “Algunos no encuentran su propio corazón hasta que no han perdido la cabeza”.

Un día despertó con la intensión de suicidarse. Salió a caminar buscando el momento adecuado, cuando leyó en un quiosco el titular de un periódico que anunciaba que un amigo se encontraba en el hospital por una teja que le había caído en la cabeza. Bukowski sonrió y se dio un día más de vida. Pero luego se dio otro y después otro. Para entonces era un hombre conocido y vivía en una mansión. Era exitoso pero nunca olvidó lo que era, un muerto de hambre que iba a apostar al hipódromo y escuchaba Bach, Mahler, Beethoven pero sobre todo Brahms.

Cuando tuvo 70 años dedicaba el noventa por ciento de su tiempo a escribir. Y el otro diez a pensar qué iba a escribir. Fue un hombre callado y solitario: "Dale algo al género humano y lo rasparán y lo arañarán y lo machacarán". Tal vez por eso no le gustaba mirar el envase de vidrio que le regaló su amigo. Al final de sus días dijo: “Que no te engañen, chico. La vida empieza a los sesenta."

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