martes, 14 de diciembre de 2010

BRUJERÍA PARA DUMMYS

Breve curso para leer el tarot

Si usted alguna vez ha deseado destacarse entre sus amigos y darse un aire de misterio, uno de los trucos más sencillos consiste en leerles el tarot. Por alguna razón la gente sigue creyendo en este arte que pretende adivinar el futuro. El engaño también funcionaría si quiere montar negocio. El tío soltero, que comparte alcoba con la abuela, decía que si intentaba conseguir plata se convertiría en brujo. Se dejaría crecer las barbas, vestiría un camisón largo y banco y usaría sandalias. Un Jesús de la new age. “Para ser un buen brujo―decía―, no se necesitan poderes mágicos, se necesita, sobretodo, tener un buen sentido de la observación”.

Es cierto, a diferencia de los médicos de las EPS, que están más pendientes del computador y de los formatos, un aprendiz de adivino tiene que concentrarse en su paciente.

Pero antes que el sentido de la observación, el kit del asunto tiene que comenzar, como es lógico, por lo primero: estudiar el tarot. Voy a comenzar explicando lo más sencillo, es decir, la mecánica de las cartas y sus dibujitos. Más adelante explicaré cómo usar el sentido de la observación, que parece lo más difícil pero, en realidad, es lo más divertido.

Desde hace tiempo han existido varios tipos de tarot. Las cartas Kipper, las cartas de Lenormand, el Tarot de Rider-Waite, el Tarot de Crowley y otros más. Un dato: Edward Alexander Crowley, mago negro del siglo pasado, fue homenajeado por Ozzy Osbourne con el tema Mr Crowley.

Pero independiente de los nombres, la idea con los dibujos y su simbología es la misma. Cada una de estas cartas tiene un muñequito que representa uno o varios momentos en la vida del hombre.

Por ejemplo, todo tarot que se respete tiene una carta con un esqueleto humano empuñando una guadaña. Esta carta simboliza el mal agüero y las energías negativas. Otro dibujo será un ángel que vuela con un jarro en las manos y simboliza la espiritualidad. Otra carta tiene un sol resplandeciente y simboliza el renacimiento, el éxito y la buena suerte. Además, no puede faltar, la carta de los enamorados. En estos dibujos están representados nuestras mayores preocupaciones, nuestros miedos y desdichas, así como nuestras felicidades, proyecciones y metas. Las cartas contestan preguntas sobre lo bueno y lo malo. Sea cual sea el tarot que se use, las cartas funcionan de la misma manera. Los dibujos nunca representan casos particulares y siempre pintan escenas generales. Llegados a este punto copiemos y peguemos una definición de diccionario para la palabra generalidad: Vaguedad o falta de precisión en lo que se dice o escribe, ―en nuestro caso, lo que se dibuja―.

Como se ve, son símbolos cotidianos a la vida de todo parroquiano. Cualquier peludo tendrá bajones en la vida y de esa manera le aplican las cartas de mala vibración. También tendrá alguna noción de dios y de esa manera le aplican las cartas morales y espirituales. Tendrá una pizca de éxito o al menos, espera tenerlo y de esa manera… La conclusión es: la misteriosa magia de las cartas está soportada en la falta de originalidad en nuestras vidas. Somos una repetición de existencias. El tarot y sus dibujos funcionan gracias a nuestra falta de singularidad.

Luego de estudiar las cartas, viene el segundo paso: saber aplicar sus vaguedades al conejillo de indias que consulta al adivino. Para usar con eficacia los dibujos y sus imprecisiones debemos recurrir al sentido de la observación. Es vital concentrarse en el paciente.

Se barajan 22 cartas, de las que el cliente debe escoger 9. Con estas cartas se predice su futuro. En los primeros minutos de la cita estudiamos la pinta de nuestra víctima. La apariencia es una información importante: tal vez se trate de un artista, un fotógrafo o una diseñadora, tal vez una arquitecta, un abogado, una secretaria, en fin, la primera impresión es básica.

Ejemplo de cita: Llega un tipo robusto, lentes de nerd, con los tenis mugrosos, en jeans, barba de cuatro días y una camisa de talla X X L. Póngale la firma: es un ingeniero de sistemas. Hemos comenzado a aplicar nuestra afilada técnica de observación. Ahora vamos con su comportamiento: se echa en la silla como una vaca cansada, baraja las cartas con desanimo y descubrimos que se come las uñas. Saca sus nueve cartas y las deja sobre el escritorio.
Sea las cartas que saque, a partir de lo que acabamos de ver, ya tenemos un buen parlamento para improvisarle a nuestro cliente sobre su personalidad. Podríamos hablar de su inseguridad y su baja autoestima. Podemos elogiar su inteligencia y mencionar de paso su obsesión por los videos juegos y la música electrónica.

Si por ejemplo escoge al azar la carta de El diablo, que representa los deseos materiales y degradaciones, le pronosticaremos una cirrosis, porque es seguro que este tipo es un alcohólico. Si además saca El ermitaño, ¡estamos hechos! Nuestros poderes mágicos quedarán demostrados. Diremos que es un tipo genial e incomprendido. Si más adelante el gordo descubre la carta de La estrella, que representa la esperanza y la revelación, se le puede decir simplemente eso: que está próximo a tener una gran revelación, que una manifestación divina está a punto de llegar. Así de simple. Porque como hemos dicho, en el misterioso arte del tarot y la brujería, se puede ser vago y perezoso en las explicaciones. La ambigüedad, el enigma y la vacilación, son las herramientas de elocuencia básica que todo brujo manipula al dedillo. Una de las mayores ventajas que tiene la profesión de brujo es que, mientras más impreciso, enredado y abstracto, mayor es su credibilidad y prestigio.

La ventaja del tarot es que está plagado de mujeres empelotas. De modo que tenemos una alta probabilidad de pronosticar vibrantes revolcadas. En el caso del gordo no tenemos que estresarnos demasiado. Es seguro que el gordito hace tiempo no echa un polvo y con un poco de suerte, el sujeto escogerá una carta con su heroína medieval. Así le resolveremos el principal motivo de su visita.

Se me había olvidado decir que cada carta, además del personaje principal, está repleta de detallitos y miriñaques barrocos para que el brujo salga del paso si se ve acorralado. En la carta de El ahorcado, el hombre cuelga de cabeza, amarrado de un pie, tiene medias rojas y una camisa azul. En este caso, las medias rojas, si el brujo lo necesita, podrían significar algún evento doloroso.

Va otro ejemplo: llega una señorita en tacones, pantalón negro en dril, blusa blanca y formal, rubia, pelo suelto, nariz respingada, con aires de gerente, ―y en efecto es gerente―, pero en su forma de hablar, a todas luces, es una muchacha de barrio. Es una secretaria juiciosa que ascendió en la empresa trabajando duro. En pocas palabras, nada de sangre azul, ni gusto por la música clásica, ni el cine europeo, sino más bien inclinada por el aguardiente, la pachanga y el chicharrón.

Si en el caso del nerd tenemos que ser prudentes en nuestra charlatanería y sortear el escepticismo que los ingenieros adquieren en el estudio de las ciencias exactas, en el caso de los abogados, economistas y contables, podemos largar la lengua para mencionar toda clase de supersticiones, agüeros, presagios, vaticinios y otras habladurías.

Si nuestra chica gerente escoge al azar la carta de El carro, que en realidad es una carroza y representa al Yo Superior que controla los bajos egos y agregados psicológicos, no podemos enredarla con ese palabrerío. Le diremos simplemente: está próxima a cambiar de carro. Es un riesgo, porque puede que no tenga siquiera un carro para cambiar. En nuestra apuesta hay dos posibilidades: que tenga o no tenga carro. Pero en este trabajo habrá que arriesgar alguna vez. Si ganamos y en efecto la nena tiene un carro, quedará estupefacta con nuestro poder sobrenatural de adivinación. Si perdemos, con alguna bobada salimos del apriete.

Queda demostrado, pues, que el arte de la adivinación es un asunto serio y no se explica cómo los malditos científicos aún no creen en el tarot. Si los ejemplos anteriores funcionan con desconocidos, imagínese lo que puede hacer con sus amigos. Como decíamos al principio de este cursillo: ¡Cuánto prestigio podría ganar entre ellos!

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