martes, 21 de julio de 2009

ESTACIÓN SAN ANTONIO

Estación San Antonio, Línea B, con la estructura proyectada hacia el barrio Buenos Aires.

I
Viajar en Metro es hartísimo. Montar en él, es como hacerlo en avión: se viaja rápido, pero aburre, aturde, y a la larga emboba. Mire usted con detenimiento a los pasajeros que van en un vagón y verá cómo el tedio los amansa y cómo los domestica el sueño. Todo el que viaja en Metro tiene cara-de-zombi. Y si alguna persona viaja sorprendida es porque, seguro, es turista o es algún ejecutivo que se transporta en él por culpa del “pico y placa”. (dias en que no se puede sacar el carro).

Yo he montado en ese Metro desde que lo fundaron. Es decir, llevo 14 años aburriéndome. Porque, como en él nunca pasa nada, el resultado es que a uno le queda tiempo para pensar. Y todo el que piensa, irremediablemente, se aburre. De modo que la clave, es tener la mente ocupada. Sabiendo esto me he convertido en un experto montador de Metro. Es lo mejor que hago. Montar en él, es mi especialidad. Es una habilidad de la que no me siento orgulloso ni en lo más mínimo. Simplemente es una pericia, como cualquiera, nacida a partir de la necesidad de adaptación. Es una maña, parecida a la que adquieren los secuestrados en la selva, cuando se vuelven unos expertos en la colgada de chinchorros y mosquiteros. Pura cuestión de supervivencia. Así que, me volví tan teso para montar en Metro, que gracias a mis técnicas, ya pocas veces siento el enorme hastío que antes me provocaba. Además porque, de no haberlas desarrollado, esos infinitos viajes de Niquía al Poblado, hace rato hubieran inyectado en mi alma una dosis mortal de pensadera, sofoco y claustrofobia.

De manera que comencé a perfeccionar mi técnica y muy rápido descubrí que lo más indicado es viajar dormido. Ahora, si se tiene que ir de pie, porque no se consigue silla, o porque toca dársela a un abuelo encorvado, lo mejor, en esos casos, es estar en compañía e irse hablando de cuanta pendejada se le ocurra.


Estación San Antonio, Al fondo la Estación Parque de Berrio.

II
Cuando el viaje se hizo insoportable, gracias al gentío que descendía por el cable de Santo-domingo y por Pajarito, y ya no se pudo viajar dormido, sino parado y estrujado, concluí que para conservar la dignidad en el Metro se necesita un libro, un periódico, o algún aparato para escuchar música. De cualquier modo, lo que se busca es evadirse mentalmente, y no tener que soportar la crudeza del viaje. El radio no cabía en mi precaria economía y todavía no existía ADN. De esa manera me vi obligado a ser un lector de novelas. En la biblioteca de Comfama, en la estación San Antonio, comencé a prestar material. Inicié con una novela recomendada por quien atendía en el local. Pero se notaba que el tipo no me conocía. Esa novela me desesperó rapidísimo. Era tan larga como la biblia. Cuando leía en los vagones, sólo pensaba en la satisfacción de acabar lo más pronto posible. Pero mientras más avanzaba, parecía que al libro le iban metiendo más hojas. Era terrible tener que cargar ese mamotreto de 400 páginas, que ni me acuerdo como se llama. Pero la técnica funcionaba. Los viajes se hacían rapidísimo. Decidí restituir el libro sin terminarlo y cuando volví a la biblioteca, no le pregunté nada al tipo, sino que me detuve en los libros más chiquitos. Así presté La metamorfosis, de 120 páginas, y me gustó mucho. Luego El viejo y el mar, de 119, Otra vuelta de tuerca, que tiene 187, El extranjero, con 124 páginas, El túnel, que cabe en 113, El gran gatsby, de 185, El Coronel no tiene quien le escriba, Muerte en Venecia, El Corazón de las tinieblas, Un día en la vida de Ivan Denisovich, El oso, De hombres y ratones, y en fin.

Al fondo La Alpujarra.

III
Ayer, a causa del afán, no empaqué nada en la tula. De modo que ya en el vagón, volviendo del trabajo para mi casa, por la noche, el tiempo se hizo eterno. “Qué fastidio este hijueputa Metro”, pensé. Milagrosamente en el vagón iban pocas personas y varios puestos estaban desocupados. Todos viajaban satisfechos. Aún así, había pasajeros de pie. Yo, era uno de ésos. En la buseta, por ejemplo, esto no pasa. En ella, desde que haya puesto, nadie va parado. Ya se ha dicho que, viajar en Metro es tan maluco, que lo mejor es ir dormido. Pero si no se logra conciliar el sueño, lo más indicado, para hacer un poco más soportable el viaje, es ponerse de pie, de esa manera se encuentra una mínima cantidad de acción. Esa noche, parado en el vagón y tremendamente fastidiado, giré para mirar otra cosa, y vi a un man leyendo. Era un libro de pasta azul y de muchas páginas. Reparé mejor y pude verle la etiqueta. Se llamaba Crimen y Castigo y era enorme. “Uy, qué man tan teso”, pensé, “leyendo una cosa de esas.” Estaba de pie, al lado de una puerta, con el libro entre las manos. Tenía bigote, gorra, zapatillas Zodiak sin medias, y camisa de chalís por fuera. El hombre no espabilaba, tragándose por los ojos los párrafos enteros. Me sorprendió y me alegré mucho. “¡Este man con esa cara de nea…, y leyendo!”. En un primer impulso, casi me le acerco para preguntarle cómo hacía para leer ladrillos tan grandes, pero lo vi tan involucrado que preferí quedarme donde estaba. Y pensé que lo peor que puede pasar en la lectura de un capítulo entretenido, es que venga cualquiera a interrumpir. Así que me quedé mirándolo. Con esa voracidad, el libraco tenía que ser bueno.
Me acerqué a la puerta del vagón e intenté mirar, a lo lejos, las bombillas de Manrique, pero a causa de la luz interior, no pude ver más que mi rostro reflejado en el vidrio. Pensé que el Metro, al menos, debería dejar las ventanillas abiertas para recibir de frente el aire de la noche, pero ni eso.

Fotos: Andrés Delgado


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