sábado, 2 de enero de 2010

¿QUIÉN NO QUIERE QUEMAR EL AÑO VIEJO?

En los barrios de Medellín, el 31 de diciembre se quema el año viejo. Se trata de un muñeco lleno de trapos aserrín y pólvora que se prende a las doce de la noche. Esta tradición se sigue en un gran número de países latinoamericanos, desde Méjico hasta Uruguay aunque la costumbre está más arraigada desde el punto de vista popular en Ecuador y Colombia.

En la última semana del mes, algún parroquiano del barrio desempolva del armario un pantalón viejo y lo saca a la calle, otro una camiseta deshilachada, unos zapatos rotos y así, entre todos rellenan el “año viejo”, una marioneta tamaño humano, rechoncha, con sombrero arrugado, que permanece sentada en la tienda de la esquina, con una botella de aguardiente en la mano, a la espera de que la quemen.

En este punto el “año viejo” está listo de pinta, pero falta cómo quemarlo, falta la pólvora. Los niños son los encargados de recoger la plata para comprarla. Se van, entonces, a la entrada del barrio y a todo carro que entra por esa cuadra le estiran la mano y piden monedas para tener con que “quemar el año viejo”.

Se aprovecha la ocasión para hacer réplicas de personajes que no caen en gracia y quemarlos al finalizar el año. Este diciembre, por ejemplo, había niños en las cuadras que recogían monedas para “quemar a Chavez”.

La pólvora en diciembre, en otras partes del mundo, simboliza la celebración de la llegada de un nuevo año. Por el contrario en Medellín el asunto consiste en quemar el año viejo. El año viejo es una cosa que no sirve, más que para quemarla. El año que acaba de pasar está roto, encorvado y alcoholizado, quemarlo simboliza olvidar el pasado y hacer nuevas promesas.

Quemar el año viejo es nuestra filosofía de vida. “Volador hecho, volador quemado”, reza el sabio dicho popular, haciendo hincapié en la necesidad de gastar absolutamente todo lo que hemos ganado y no ahorrar ni un solo peso. Este práctico aforismo lo practicamos cada sábado, en las tabernas y bares, gastándonos el jornal de la semana, para llegar a la casa con los bolsillos vacios.

La marioneta del año viejo es el símbolo de nuestra precaria memoria colectiva. Lo que importa a partir del 31 de diciembre es lo que venga en adelante. Lo que sucedió ya no interesa. No es gratuito que “El Palacio”, en el sector comercial de Guayaquil, en otrora un monumento arquitectónico, haya sido dispuesto como centro comercial y no como centro cultural y depósito de nuestro pasado.

Quemar la regordeta marioneta tiene la misma intención de una confesión de iglesia: recalibrar el contador y empezar el año en cero kilómetros, sin culpas ni remordimientos y, sobre todo, con el alivio del perdón, ya fuera del pecado. Con esa gabela, ¿quién no quiere quemar el año viejo?

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