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jueves, 28 de enero de 2016

Un corazón roto



Gabriel es un cantante de rock, que viste botas, jeans, chaleco y sombrero vaquero. Canta las mejores baladas de despecho de Poison y Bon Jovi. Lleva colgado en el cuello una cajita. En ella lleva trozos de vidrio roto. Es su corazón, que una bandida le hizo pedacitos con puntazos de sus tacones.

El hombre tiene una voz del putas. Tiempla la garganta, arremete contra el micrófono y uno siente en los pelitos de los brazos lo que el hombre canta. A diferencia de Santiago, que todavía vive en la casa de la mamá, tiene una voz excelente, pero todavía no le han dado taconazos en el corazón.

Un día le pregunté a Luisa:

―¿Y por eso no es capaz de arrugar la cara cantando como el vaquero?

―Sí, querido ―me contestó―, por eso. Hay que esperar a que unos tacones con medias de mallas le machuquen al corazón para que entienda que un corazón roto canta mucho mejor.

viernes, 1 de agosto de 2014

Casi te matamos

En mitad de una cuadra de barrio, a las doce del día, me alcanzó un sujeto:
-¿Usted se llama Guillermo?
-No, yo no me llamo así.
-¡¿Nooo?! Uy, llave, casi lo matamos. Lo confundimos y lo íbamos a quebrar.
Palidecí. En Medellín, así son las cosas. Si te confunden, te meten dos tiros en el pecho, te dejan tirado en el pavimento y para los pillos la vaina sigue como si nada hubiera pasado.
En ese momento llegó otro sujeto. Eran compañeros. El otro nos alcanzó, me miró y se devolvió a la esquina de atrás. El sujeto siguió hablando:
-Si usted no gira para mirar los carros de la calle –dijo-, no lo reconocemos y lo pelamos.
Quedé paralizado. Estaba metido en un lío el hijueputa. Y lo peor es que no sabía cómo salir del apriete. El hombre siguió:
-Nosotros somos del combo del barrio. ¿Usted cómo se llama?
-Carlos –contesté.
-Venga, mano, le hago unas pregunticas.
Y me hizo dar unos pasos contra la pared. En ese momento supe cómo era el asunto: no iban a quebrarme, iban a robarme. Los alumnos de la cárcel me enseñaron la técnica. Tenía que encontrar la manera de escapar de la estafa en la que estaba a punto de caer
-¿Usted vive por acá?
El hombre me miraba sereno, pero muy seguro de lo que estaba haciendo.
-No, no vivo por acá –, le dije para ganar unos segundos y pensar cómo zafarme.
-¿Usted dónde vive?
En ese momento, reconocí mi oportunidad. Entonces le dije:
-¿Sabe qué, llave? –Y lo miré con extremada violencia-, yo también soy un ladrón. Y robo de la misma manera.
Y me largué a caminar.
-Ey, parcero, –me gritó desde atrás-. Venga le digo.
Yo seguí, despacio y resuelto, sin girar la cabeza.
-Ey, parcero -repitió.
Seguí caminando derecho hasta la estación del Metro. Tomé uno de los vagones, y en la próxima estación, muy alerta, cambié a otro. En la siguiente estación me bajé y esperé el siguiente tren. Y volví a cambiar de vagón. Cuando estuve completamente seguro de que no era seguido, caí abatido en una silla. El vagón estaba casi vacío. Me cogí la cabeza y sin poder controlarlo, rompí a llorar.


Lea también la crónica: Te hablo desde la prisión.

Recomendado desde la biblioteca La Floresta

   Por acá el recomendado: https://www.youtube.com/watch?v=2M4bWEU6SwQ

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