Ultimamente he gastado las mañanas pensado en su culo. Lo he mirado
tanto, lo he apretado tanto, lo he besado, mordido, arañado, amasado y
lamido, que lo aprendí de memoria. El suyo es un culo
incongruente, ilógico. Estrecho, ancho, blando, duro, dulce o mojado
como el pan. A veces creo que tiene un culo
inteligente como un gato. Y sabe mostrarse o esconderse. A veces es
frívolo y a la vez agudo.
Y ahora su culo, en las mañanas no me deja en paz.
Pero sin duda el mejor culo de todos aparece cuando llega cansada del
trabajo. Entonces deja el bolso a un lado, se quita los tacones, afloja
el pelo y se tira en la cama. Me dice que por el amor de dios deje de
tocar el piano. Entonces me levanto, estiro las piernas, me acomodo el
pelo y me voy a sentar a su lado. A las seis y media de la tarde, cuando
el borde de las montañas es más azul-rey que el cielo, su culo está
cansado y tranquilo. Hermoso. A esta hora, es el culo que me enamora.
Muchas veces he sentido que la suerte llega a su final, que la rueda
de la fortuna gira y el ángulo de la miseria se acerca para arrebatarme
el gozo, la pereza, la felicidad y los cuentos que leo. Gira la rueda y
yo con ella. Y su culo. Me hace girar para atarme a las facturas, los
noticieros, la música bailable paisa, y todo aquello que tanto
aborrezco. Entonces me pongo a pensar en su culo. En ese maravilloso
culo que tiene. Y me parece que la vida tiene sentido.
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